Con una trayectoria que se ha ganado el respeto de la crítica y una personalidad que siempre ha puesto la canción en el centro de todo, Germán Salto regresa con “Ojo de Bife”, su segundo álbum en castellano y el primero editado junto al sello Calaverita Records.
Tras el paréntesis de su anterior trabajo —un disco de pop barroco y orquestal, tan detallista como ambicioso—, Salto cambia de piel y se adentra en un sonido más terrenal, directo y de banda. Aquí las guitarras mandan, la inmediatez del rock americano se mezcla con el brillo melódico del power pop, y todo respira con una naturalidad que solo dan los buenos temas grabados con la energía justa.
Además de su versión digital, “Ojo de Bife” llega también en un LP de 12 pulgadas, una edición cuidada al milímetro para quienes disfrutan de poner la aguja sobre el vinilo y dejar que la música suene con ese calor inconfundible.
El título no es casual: “Ojo de Bife” simboliza la belleza de lo simple, el arte de hacer virtud de lo esencial. Si su anterior disco era un plato de alta cocina, este es un asado bien hecho: sabroso, directo y sin artificios. Porque cuando hay buenas canciones, no hace falta disfrazarlas.
En lo artístico, “Ojo de Bife” nace del deseo de volver a las raíces, de reconectar con esas influencias que marcaron a Germán Salto desde el principio: el rock americano y el power pop de toda la vida, con ecos de Tom Petty, Dawes, Teenage Fanclub o Alejandro Escovedo. La producción, firmada por Ricky Falkner, se mueve con equilibrio entre la energía de una banda tocando en directo y el cuidado de los detalles: pedal steel, hammonds, violín, coros… pequeños matices que suman sin robarle protagonismo a lo más importante —las canciones.
En lo personal, el disco nace de esa necesidad tan humana de escribir para entenderse, para poner orden (o al menos algo de luz) en medio de las propias tormentas. Las letras giran en torno a lo que nos une: el amor, la amistad, los vínculos que, al final, son lo que dan sentido al viaje.
Las diez canciones que componen “Ojo de Bife” forman un recorrido emocional que va de la introspección a la esperanza. Hay momentos confesionales como “Goliat”, melancolías luminosas en “La Carne y el Hueso”, energía sin filtro en “Si Te Marchas” y ternura en “Te Oí Decir”. En “Rompecabeza” o “Sobre la Maleza” asoman las preguntas sobre los lazos humanos, mientras “Cada Vez” y “Aspas Contrarias” bajan las revoluciones para dejar espacio a la calma. El cierre, con “Sin Preguntar” y “Viento Cruzado”, deja una sensación clara: seguir adelante, con honestidad, sin perder la luz.


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