“Jazmines” ya no es una idea en construcción, sino un cuerpo sonoro plenamente formado. El disco llega tras un proceso largo y meticuloso, de esos que dejan huella tanto en lo artístico como en lo humano, y que terminan definiendo una etapa.
El recorrido del disco también habla de encuentros clave. La Mina emerge como uno de los escenarios fundamentales en su desarrollo, un entorno casi idílico donde muchas de las piezas terminaron de encajar bajo la dirección de Raúl Pérez. En el apartado sonoro, el trabajo de Manuel Cabezalí y Dany Richter aporta precisión y sensibilidad, mientras que las distintas colaboraciones enriquecen el conjunto sin diluir su esencia.
A todo ello se suma un equipo audiovisual que ha sabido traducir el imaginario del disco en imágenes, ampliando su alcance más allá de lo estrictamente musical. Y en el centro de todo el proceso, la figura de Víctor Cabezuelo, cuya implicación transversal ha funcionado como guía constante, aportando visión, criterio y ese tipo de detalles que marcan la diferencia.
“Jazmines” no es solo un álbum: es el reflejo de un proceso vivo, de una transformación compartida y de un momento concreto capturado en canciones.

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