Santero y Los Muchachos presentan su nuevo disco “Todas las luces”, un paso adelante en su trayectoria
Hay discos que no solo se escuchan, sino que se atraviesan. “Todas las luces”, el nuevo trabajo de Santero y Los Muchachos, pertenece a esa categoría: un álbum que no busca deslumbrar de golpe, sino quedarse encendido en algún lugar íntimo, como una farola solitaria en mitad de la madrugada.
La banda valenciana firma aquí su cuarto disco de estudio —quinto en el cómputo global— y lo hace desde un lugar distinto. Si hasta ahora su música parecía avanzar entre polvo en suspensión, carreteras que se desdibujan al atardecer y refugios de madera gastada, en “Todas las luces” hay un cambio de luz, nunca mejor dicho. La noche deja de ser decorado para convertirse en lenguaje. Todo ocurre ahí: las dudas, los impulsos, las pequeñas revelaciones.
El álbum, compuesto por nueve canciones y producido por ellos mismos, respira una necesidad honesta de moverse sin perder el norte. Miguel Ángel Escrivá, Josemán Escrivá y Soni Artal amplían su universo sonoro sin traicionar esa esencia guitarrera que siempre ha sido su refugio. Aquí las guitarras siguen marcando el camino, pero ya no están solas: aparecen nuevas texturas, destellos electrónicos y atmósferas más abiertas que empujan las canciones hacia territorios menos previsibles.
Hay algo profundamente humano en este disco. Se percibe en esa búsqueda constante que atraviesa cada tema, en esa sensación de estar tanteando el terreno, como quien camina de noche guiándose por luces lejanas. No es un álbum de respuestas, sino de preguntas bien formuladas. Y quizá por eso conecta.
Donde antes predominaba lo crepuscular, ahora emerge un pulso más urbano, más inmediato, aunque igual de reflexivo. “Todas las luces” juega con ese equilibrio delicado entre lo luminoso y lo sombrío: hay espacio para detenerse, para asumir la caída, pero también para levantarse, para celebrar lo que queda en pie. Canciones que no rehúyen la melancolía, pero que tampoco se instalan en ella.
Al final, el disco funciona como una metáfora bastante precisa de la vida: una sucesión de claroscuros donde todo convive. La pérdida con el hallazgo, la herida con el movimiento, la nostalgia con el impulso de seguir. Y en medio de todo eso, una banda que ha sabido evolucionar sin perder su verdad.
“Todas las luces” no ilumina el camino entero, pero sí lo suficiente para seguir avanzando. Y a veces, eso es exactamente lo que hace falta.

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