Hay algo en la propuesta de Sarria que no pasa por la nostalgia fácil. Lo suyo no va de replicar fórmulas, sino de jugar con ellas. Quiero vivir más lento, segundo adelanto de su próximo disco, insiste en esa idea: mirar atrás para construir hacia delante, sin quedarse atrapado en el guiño.
Si en Sé que no sé lo que hago ya asomaba ese gusto por las guitarras con aire cinematográfico —con cierto deje a Muse—, aquí el tiro se abre hacia terrenos más rítmicos. Hay funk, hay disco, y hay una clara intención de hacer que el tema respire groove sin perder empaque. En ese cruce aparecen referencias bastante reconocibles: el pulso elegante de Parcels, algún guiño estructural que puede recordar a Foals o esa obsesión por la canción redonda que remite, aunque sea de lejos, a Sade.
Pero más allá de la lista de influencias, lo interesante está en cómo se integran. Sarria no se limita a citar: mezcla. En el mismo plano conviven ecos de Arcade Fire o Supertaste con texturas que remiten a Michael Jackson o Prince, incluso con algún gesto más rockero que podría acercarse a Kiss. El resultado no es tanto un collage como una paleta bien medida, donde cada elemento encuentra su sitio sin saturar.
También en lo visual hay discurso. El imaginario del proyecto se mueve entre tonos cálidos, casi setenteros, y una capa más fría que refuerza el trasfondo emocional del tema. El videoclip traduce bien esa dualidad: lo orgánico frente a lo distante, lo que se siente frente a lo que se contiene.
En paralelo, el nombre de Sarria empieza a aparecer en los lugares adecuados. Su paso por iniciativas como The Spanish Wave o su inclusión en el programa BATEA apuntan a un proyecto en crecimiento, con recorrido más allá del circuito local.
En un momento donde el pop mira constantemente al pasado —ahí están ejemplos recientes como Sabrina Carpenter—, Sarria parece entender que la clave no está en la referencia, sino en el filtro. Quiero vivir más lento funciona precisamente por eso: porque no intenta sonar antiguo, sino actual a su manera. Y en ese equilibrio, cada vez más afinado, es donde empieza a marcar diferencias.

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